TEXTOS

Presentamos aquí  El  Acta III Certamen literario en la que figuran los ganadores de nuestro concurso. Algunos de los que participaron en este certamen subieron sus textos a esta página. Trataremos de que se suban mas textos, en partricular los que resultaron ganadores.

¡Felicidades y buena literatura!


32 respuestas a TEXTOS

  1. 2 de Julio de 2015, Apolo XXIV

    Segundo día de a bordo, a través de mi escotilla veo el inmenso universo, oscuro y misterioso, capaz…de cualquier cosa. A pesar de que yo ya estaba acostumbrado a la comida espacial desde hacía tiempo, me empezaba a repugnar cada vez más, intentaba no pensar en que esa sería mi principal dieta durante casi un mes, o algo más. Aquella misión, Apolo XXIV, sería gloriosa de salir bien, y de salir mal…nada, no hay regreso, nadie sabrá nunca de nosotros, solo seremos una misión perdida de alto secreto de la que ningún ser humano sabe ni sabrá jamás.
    A bordo de esta enorme chatarra tecnológica, también me acompañan el comandante Willson Haver Junior y el técnico alemán August Mirrocle. Yo soy el contacto, el intermediario, yo soy el único que puede hacerlo, no hay nadie más que yo, yo o nadie.
    Las tareas de a diario se amenizan gracias a los chistes del comandante y al las historietas que nos cuenta August sobre su juventud, cada ocho horas, revisamos el sistema de espaciolocalización vía satélite, cada doce horas comprobamos intensivamente el software que controla todo el transbordador en busca de posibles fallos. De vez en cuando entramos al área comunitaria y echamos unas partidas al póquer, mientras bebemos cerveza sin alcohol, matando horas, y apenas sin poder dormir.

    3 de Julio de 2015, Apolo XXIV

    La entrada en la órbita lunar está prevista para dentro de treinta y dos horas, teníamos un problema con los estabilizadores y no podíamos arreglarlos desde dentro, debíamos de salir fuera, el Comandante Willson se quedó dentro de la sala de mandos para indicarnos por donde teníamos que ir y a la vez vigilar a través de la cámaras de vigilancia, que no nos pusiésemos en peligro. Nos pusimos los trajes y el casco, los generadores de oxígeno, y nos dirigimos a la sala de expulsión, a través de la cual si había suerte en pocas horas lanzaríamos el modulo lunar. El compartimento se despresurizó, noté como mi cuerpo se hacía ligero de golpe, flotaba, como una pluma sobre una suave brisa primaveral, pero ahora no había primavera, solo oscuridad, lo único que se veía era nuestro transbordador. Salimos por la escotilla y entonces la vi, era ella, la más bella de toda la galaxia y seguramente del universo entero. Inmensa, grandiosa, espectacular, llevaba días ansiando ver aquel majestuoso panorama, nuestro astro, nuestra Luna. Arreglamos los estabilizadores, que tenían los filtros saturados de arenisca seguramente producida por la colisión de la chatarra espacial.
    Me despedí de la Luna por aquel día, y junto con nuestro técnico August equipamos el módulo lunar.

    4 de Julio de 2015, Módulo Lunar

    Sencillamente estábamos ahí, en aquel espacio de apenas cinco metros cuadrados, con la visón de nuestro transbordador a un lado y el astro cada vez más cerca. Solo íbamos el Sargento y yo, sabíamos que quizás, cabría la posibilidad de que no hubiese regreso, en todo caso, el transbordador estaba en órbita geoestacionaria, dirigido por August, esperándonos, quizá rezando, no lo sabíamos.
    Entramos en la atmósfera a las ocho y cuarto de la tarde según hora de Cabo Cañaveral, desde donde la Nasa, había iniciado aquella misión. Nos comunicábamos por radio con August, teníamos videoconferencia, pero había grandes dificultades para establecer el contacto y decidimos simplificar las comunicaciones. Convertidos en una enorme masa de fuego, a miles de kilómetros por hora, atravesamos la atmosfera lunar. En cuestión de segundos se encendieron los retropropulsores, que frenarían, si Dios quiere, el alunizaje.
    Pesé que porqué narices mi padre me había regalado una pequeña lanzadera de juguete cuando apenas tenía cuatro años, porqué mis ansias por conocer me habían llevado hasta ahí, podría haber seguido estudiando psicología aplicada a otros campos, pero ahora estaba aquí, y no había vuelta atrás.

    -Alfa Bravo, Willson, ¿recibe?
    -Sí perfectamente August.
    -Envío datos de posición para el aterrizaje, la baliza ya ha llegado y señala la posición en la que debéis de aterrizar, es un cráter de tamaño medio a ochocientas millas norte de vuestra posición.
    -Datos recibidos, procesados, solicitud de aterrizaje.
    -Aceptado, procedan.
    Esas, serían las últimas palabras que oiríamos de August.

    Estábamos posados sobre la Luna, dentro de nuestro pequeño módulo lunar, esperando como decía el protocolo de a bordo a que la señal se restableciese, si en ocho horas no había respuesta, deberíamos continuar con la misión.

    En cinco horas no hubo respuesta, ni en seis, ni en siete… el porcentaje de oxígeno escaseaba, no sabíamos a que se debía el problema de la comunicación, todo estaba correcto, menos…¿el radar? De repente, el radar señaló en el mapa una ubicación no muy lejana con un campo electromagnético excesivamente elevado, pero ¿campos electromagnéticos en la Luna? La Luna no cuenta con ese tipo de alteraciones físicas.
    Willson se vió gravemente preocupado por los acontecimientos, aquello era imposible, pero aquel radar era lo último en tecnología aeroespacial, ¿cómo podía ser?

    Son la una y cuarto de la madrugada, dormidos, y a la vez atontados por la falta de oxígeno, somos sobresaltados por una alarma del ordenador del módulo. Algo se acerca, el radar muestra el campo electromagnético más próximo a nosotros de dónde estaba antes y sorprendentemente se mueve lentamente en nuestra dirección. ¿Incertidumbre, duda o qué? Por suerte sabíamos lo que teníamos que hacer. Nos pusimos los trajes, y gracias al oxígeno que nos proporcionaban, como abofeteados por un grandullón, nuestros reflejos de puma se espabilaron. Nos ceñimos al protocolo, esperaríamos a que aquello se acercase lo suficiente y actuaríamos, sin miedo, sin pesar haciendo lo que teníamos que hacer. Quizás estas líneas sean mi adiós, o quizás sea el comienzo de algo nuevo y desconocido, peo lo que si tengo claro es que no hay vuelta atrás:

    Yo soy el contacto, el intermediario, yo soy el único que puede hacerlo, no hay nadie más que yo, yo o nadie.

  2. Podeis visualizarlo y descargarlo en mi blog:
    miscosasyeso.blogspot.com

  3. Sara Infestas dijo:

    AMIGO

    Tú eres la persona con la que quiero estar.
    Tú eres el único con el que puedo contar.
    Dichos sentimiento,
    El de la indecisión, digo
    Mira que presentarse en este momento.
    Eres mi amigo,
    El mejor de todos,
    Del que no me enamoro.
    Tenemos los mismos gustos,
    Tanto en música como en football,
    Pues los dos pensamos que no sirve para mucho.
    Jamás tuve un amigo como tu,
    Eres de los que guardan los secretos ,
    De los que te dicen te quiero,
    Y no como algo pasajero.
    Creo que nuestra amistad es de verdad,
    Creo que va a durar para toda la eternidad,
    Y por eso te quiero decir:
    Te quiero mucho, Oscar.

    Porque los amigos están ahí cuando se les necesita

  4. Daiana Arrúa dijo:

    MI AMIGA PREFERIDA

    Tú eres la que más quiero,
    Eres mi vida o mi cielo,
    Eres la única que tengo.
    Cuando te cuento mis secretos,
    Lo guardas con mucho empeño,
    Y por eso siempre te quiero.
    Ya se que tengo muchas amigas,
    Pero tú eres la mejor,
    Y la más querida.
    Eres la que mas me hace reír,
    Con esa sonrisa tan bonita,
    Me cuentas chistes sin repetir.
    Cuando te veo cuento contigo,
    Para todo lo que necesito.
    Eres la flor más bonita,
    Que he visto en toda mi vida.
    Dime por favor,
    Si ahora estarás,
    Siempre en mi corazón.

    Porque las amigas que son para siempre son como hermanas.

  5. IGNACIO COSTALES VILLAZON dijo:

    ETAPAS DE UNA VIDA

    Maria era una chica de veinte años y una noche salía de fiesta por el centro de Barcelona, era una fiesta privada que había organizado su mejor amiga, María se estaba preparando para ir y sonó el timbre, era su vecina, que también iba a la fiesta y María iba con ella. Cuando llegaron la anfitriona les presentó a todo el mundo pero María prestó mayor atención a Alejandro, un chico alto, moreno, y muy educado. María no paro de mirarlo en toda la fiesta y en un momento dado Alejandro se acercó a ella, estuvieron hablando un buen rato y finalmente se gustaron y empezaron a salir.
    María y Alejandro estuvieron saliendo cuatro años, los dos tenían trabajo y decidieron comprar un piso, tuvieron que solicitar una hipoteca, y se independizaron los dos juntos. Después de pasar tres años en esa casa y haber ahorrado bastante dinero decidieron casarse por lo civil, fue una boda sencilla y con pocos invitados pero fue muy bonita. María y Alejandro estaban pensando en tener un hijo pero su sueldo no les permitiría pagar los gastos que suponía tenerlo, por eso empezaron a ahorrar y intentar que les subieran el sueldo, no iban de vacaciones, solo alguna vez de camping. Esperaron un año hasta que les subieron el sueldo y acabaron de pagar la hipoteca de la casa, y decidieron tener un hijo, pasaron ocho meses y solo quedaba un mes para que naciera Antonio, el hijo de Maria y Alejandro, ellos estaban muy contentos y empezaron a pensar que necesitarían un coche familiar, se lo compraron, y solo faltaban nueve días para que Antonio naciera.
    Un día María estaba duchándose en su piso de Tarragona y al acabar escuchó un ruido raro en el recibidor, se asustó, fue hacía allí, al estar casi al lado la pareció oír una voz grave de hombre y prefirió no acercarse más, por si acaso. Rápidamente se encerró en la cocina y cogió un cuchillo bien afilado. En ese momento la madera del suelo crujió y unos pasos sonaron acercándose a la cocina. María, se puso muy nerviosa y se arrinconó en una esquina con su cuchillo en mano, pasaron unos segundos y la puerta de la cocina se abrió, apareció un hombre de mediana edad con una pistola en la mano, vestido de negro, al verla y sin pensar le apuntó con su pistola y con sangre fría disparó, inmediatamente escapó por la ventana.
    Dos horas más tarde, Alejandro, el marido de María llegó a casa y vio que la cerradura de la puerta estaba forzada, corrió al baño, no vio nada, corrió a la habitación, no vio nada, corrió a la cocina, y allí vio a María ensangrentada y muerta en el suelo. Alejandro se derrumbó al momento, y lo primero que pasó por su mente fue que no descansaría hasta que se hiciese justicia.
    Alejandro llamó a la policía para que investigasen, tomaron huellas, datos e interrogaron a todos los vecinos y familiares. Pasaron varios meses y la justicia no daba respuesta a todos los interrogantes de la muerte de María. En ese momento Alejandro decidió tomarse la justicia por su mano, empezó a dar vueltas a su cabeza volviendo una y otra vez, al lugar de los hechos y a los acontecimientos anteriores al mismo, buscando alguna pista por donde empezar la investigación.
    El primer sospechoso era un ex compañero del trabajo de María con el que había tenido una discusión, había llegado a propinarle un puñetazo en la cara y María se lo había dicho a su jefe, inmediatamente fue despedido, esa situación le llevó a quedarse en la calle y le hizo cambiar totalmente de vida. Hubiesen coincidido con él varias veces, en diferentes lugares, y siempre había amenazado e insultado a su mujer, lo que le llevó a pensar que podía ser una revancha. Alejandro tenía un amigo policía que le ayudó a buscar el expediente del ex compañero de María. En el expediente policial, Mike, que así se llamaba, aparecía su estancia en la cárcel, durante dos años, la fecha de su puesta en libertad coincidía con el fallecimiento de María. Alejandro siguió investigando hasta dar con su paradero, entonces él y la policía fueron a su vivienda y entraron forzando la puerta, Mike estaba sentado en el sofá tranquilamente, la policía le esposó y buscó pruebas del delito, por desgracia no apareció nada sospechoso, tuvieron que soltarle de inmediato. Alejandro, viendo que la policía no podía hacer nada más, y estando seguro de que Mike era el asesino de María, decidió volver a la vivienda y, con un cuchillo le apuñaló hasta asesinarle.
    Todas las investigaciones policiales fueron dirigidas hacía Alejandro, principal sospechoso del asesinado de Mike, después de contrastar la coartada de Alejandro y de varias pruebas, este fue declarado culpable de asesinato y condenado a treinta años de cárcel..
    Alejandro ingresó en prisión ese mismo día. Nada mas entrar por la puerta le asignaron una celda y le dirigieron hacia ella, al llegar vio que su compañero era un tanto raro, tenía unos 45 años, y vestía de negro.
    Cuando Alejandro entró, su nuevo compañero le preguntó que qué había hecho para que le metieran en prisión, Alejandro contestó que estaba allí porque había matado a un inocente, su compañero miró al suelo y dijo que al el también le habían metido en prisión por eso, que había matado a una chica inocente en una casa de Tarragona, Alejandro le pregunto que si la chica era bajita morena y de ojos azules, su compañero respondió que si, en ese momento a Alejandro le entraron ganas de torturar a su compañero, pero pensó que era mejor quedarse callado, tranquilo, recordando los buenos momentos que había pasado con su mujer ya que el torturarle no iba a hacer que ella volviera.
    Durante los años en prisión, se enteró que el asesina de María era un pobre hombre, que enloqueció tras la muerte de su hija, victima de una sobredosis de cocaína en mal estado, según las investigaciones de ese hombre, llegó a la conclusión que quien hubiese dado la droga a su hija era María, grave error que le llevó a cometer un asesinato sin sentido.
    Alejandro tenía 38 años, cuando salió de prisión tenía 68 y por mucho que hubieran pasado 30 años el no podía parar de pensar en María y creyó que era hora de celebrar el funeral que no había celebrado cuando había fallecido ya que había sido tan tonto que había perdido el tiempo tomándose la justicia por su mano, que al fin y al cabo solo le había servido para perder 30 años mas de su vida. Después del funeral Alejandro se dedicó a vivir con calma, sin rencor y aprovechando todo lo que se encontrara a su paso. Alejandro empezó a hacer piragüismo, al principio solo lo practicaba como aficionado pero luego empezó a competir en la categoría de veteranos mayores de cincuenta años, y se dio cuenta de que tenía talento. Alejandro empezó a olvidarse de los años que había estado en prisión, comenzó a no derrumbarse cada vez que recordaba a su mujer o veía una foto de ella, cada vez que pensaba en todos los años que había perdido en prisión, y cuando pensaba en todo el daño que le había causado a la familia de Mike, pero por muchas competiciones que Alejandro ganara no le daba para vivir bien, y entonces decidió montar una fábrica de piraguas, ya que ahora sabía de ese tema.
    Alejandro invirtió casi todo su dinero en conseguir unas buenas instalaciones, conseguir trabajadores, en publicidad, y todo el material necesario.
    Alejandro estaba muy ilusionado con su nuevo proyecto, y en el día de la inauguración asistió mucha gente, cosa que demostraba que el trabajo de Alejandro había sido eficaz. Alejandro era el diseñador de las piraguas y sus empleados y maquinaria se encargaban de fabricarlas, las piraguas de Alejandro eran las mejores del mercado, y por su puesto el competía con ellas y también ganaba con ellas y hacía publicidad de su empresa, una publicidad estupenda que llevó a la empresa a lo alto del ranking de creadores de piraguas. Un día, alguien picó a la puerta de Alejandro, era una chica joven, que le ofrecía a Alejandro la oportunidad de hacer otra fábrica como la de Tarragona, pero en Escocia, Alejandro le dio vueltas al asunto, Alejandro respondió que si, y a los pocos meses su empresa era también imagen en Escocia. El rumbo de la vida de Alejandro había dado un gran giro con su nueva afición, y su nueva empresa, Alejandro ahora tenía una vida mejor y había conseguido olvidarse de todo lo ocurrido en el pasado que como la propia palabra lo dice, es pasado. Alejandro con su nueva fortuna decido hacer lo que nunca había hecho, conocer todo el mundo, era una cosa que a Alejandro le habría gustado hacer con su hijo Antonio y su mujer María pero desgraciadamente no lo había podido hacer, pero eso no quería decir que no lo pudiera hacer solo, Alejandro emprendió su viaje, empezando por toda Europa, luego por toda Asia, mas tarde por toda América y por último decidió acabar sus viajes visitando África. Alejandro una vez que acabó de visitar todos esos lugares no sabía que hacer y decidió quedarse un tiempo viviendo tranquilamente en Canarias,. Alejandro estaba muy feliz con su nueva vida y apenas recordaba sus momentos de dolor en el pasado si no que Alejandro vivía el presente según venía, Alejandro, después de pasar un año entero en Canarias decidió volver a Tarragona y seguir con su afición allí pero ya le parecía muy repetido, y decidió ir a Asturias, un lugar perfecto para hacer piragüismo y para tener a la vez una vida tranquila, concretamente Alejandro se fue a vivir a Gijón, un sitio del que se enamoró totalmente, Alejandro se pasó cuatro años en Gijón, sabía que ya le quedaba poco tiempo de vida y decidió regresar a Tarragona, nada mas llegar Alejandro notó un dolor muy fuerte en el pecho, se desplomó a los pocos segundos, a Alejandro le había dado un infarto, y había fallecido, pero en el lugar en el que quería, Tarragona, y también había aprendido a seguir adelante en la vida, viviendo el presente y no el pasado.

    ABLY

  6. Maria Ruiz Gallego dijo:

    EL DESPISTE

    No se quien es
    No se quien podrá ser
    Tan solo se que siento
    Lo que solo una vez sentí.
    Bueno…
    Si se quien es
    Si se quien será.
    Esa sonrisa que me hace sentir
    Cada día mejor

  7. Maria Ruiz Gallego dijo:

    CRISTALES DEL AYER

    Y despertar cada mañana
    con lágrimas de cristal
    que rompen contra
    el duro rostro de mis mejillas.

    Sentir que ya no estarás
    nunca más aquí…
    Saber que nunca podrá ser.

    Pero todo esto ya me da
    igual ya que he renacido
    he mejorado mi autoestima
    ya no te necesito para ser feliz.

    Al ponerse la luna me sigo
    acordando de ti y miro alrededor…
    lleno de estrellas…
    y me doy cuenta que no estaré sola
    aunque no estés tú aquí.

    Cierro los ojos y me dejo caer
    en otro mundo,
    ahora me cae mal la gente normal.

  8. Maria Ruiz Gallego dijo:

    SORPESA

    Mis últimas palabras
    sobre un teclado de ordenador
    sorprende a los espectadores
    con redoble de tambor

    Pesado amanecer
    que me obliga a despertar
    del sueño de mi vida.

    Me despido del día
    porque la noche se ha hecho
    mi amiga.

    Relampaguea
    y bajo la oscuridad
    rayos de cristal reflejan
    mis lágrimas de decepción
    de la vida.

    Doy al botón
    pero no se reinicia
    mi forma de vida.

  9. Maria Ruiz Gallego dijo:

    SUICIDIO

    Por una vez me da por pensar
    y aunque no sea
    la mejor venganza
    contra mi vida
    saco la navaja
    que sujeta mi rojo sostén,
    y pretendiendo otra vida
    comienzo a lijar mis venas.

    Noto un simple y despreciable
    goteo sobre las tablas
    de madera que sujetan
    mis piernas en lo alto de la fría ciudad.

    ¿Nadie se ha dado cuenta
    de lo que es sufrir por amor?

    Parece que los tiempos han cambiado
    y ya no se lleva eso de que
    los chicos digan eso de:
    TE QUIERO

  10. Maria Ruiz Gallego dijo:

    COMO UNA CRIA DE 10 AÑOS

    Te tengo frente a mi
    y no soy capaz de
    decirte, que no solo
    me he enamorado de ti
    sino que me estoy tomando
    en serio eso de querer.

    Pretendía olvidarme…
    pensé que todos soléis
    “joder”
    la vida a las tias
    sin importaros nada más
    metiendo el pincel
    y a la vez pintando en diferentes cuadros

    ¿A quien hago caso?
    ¿a mi corazón?
    ¿a mi conciencia?
    ¿a mis impulsos?
    ¿o a mis sentimientos?

  11. Maria Ruiz Gallego dijo:

    SILENCIO

    Silencio:
    ausencia de sonido,
    pero en mis pensamientos
    esa palabra no existe
    pues siempre tengo algo
    de que preocuparme

    Y los pensamientos…
    ¿qué son los pensamientos?
    un continuo silencio
    porque para lo que suelo pensar…

    Cantidad de sandeces
    que me hacen perder el tiempo:
    quererte
    amarte
    esperarte
    llorarte
    perdonarte
    recordarte…

    Y todo esto : ¿para qué?
    PARA NADA

  12. Puma Dalí dijo:

    La tía Mercedes.

    Hoy he ido con mi madre y mi padre a ver a mi tía abuela, hermana de mi abuelo, al psiquiátrico donde lleva encerrada desde hace más de cincuenta años.
    Estaba bien, hacía mucho tiempo que no la veía tan bien, y eso hace que se me humedezcan los ojos por la emoción. Aunque en los días en los que se encuentra mal, también me emociono porque pienso en lo injusta que es la vida, y no puedo dejar de buscar los motivos de por qué le ha tocado, a una persona tan buena como ella, según mi madre, que tan solo dice maravillas de ella, un tormento como este.
    Cuando la enfermera pronuncia “Mercedes Reyes” por los altavoces, sale desde el fondo del pasillo una ancianita, pequeña, frágil, con las manos agarradas y temblando, que viene despacio hasta donde estamos, sonríe mirándonos con detalle a todos y dice que qué alegría de vernos, que qué guapa estoy y cuánto he crecido. Nos besa, nos abraza… también tiene los ojos húmedos.
    Siempre que la veo pienso en que el mundo debería conocerla, pienso en lo mucho que me gustaría tener los dotes literarios suficientes para contar a la perfección su historia, cómo una vida puede alterarse tanto tomando una sola decisión. Podría decirse que la vida de la tía Mercedes gira en torno a mi abuelo.
    Se criaron juntos en un orfanato, y ella cuidó de él, antes de que mi abuelo se casara con mi abuela, la tía ya sufría episodios de depresión, no voy a entrar en debate de si podría haberse curado o no con un poco de ayuda, tiempo y sobre todo paciencia, puede que por el momento no supiesen qué hacer y pensaron que así iban a ayudarla, el caso es que está allí desde los veinte años, hasta hoy, que con ochenta y dos, nos llora y nos dice lo que ya sabemos, que se siente encerrada, sola, que ha malgastado su vida…
    Mi madre intenta restarle importancia a sus palabras para que no llore, pero todos pensamos que tiene razón.
    Yo personalmente intento imaginar pasar una vida encerrada en un sitio así, y no puedo. La soledad que debes sentir… el sentimiento de abandono, la impotencia…y el saber que ya nada es tuyo, si no de las enfermeras que controlan tu armario, te dan de comer, te hacen la cama, te dicen dónde tienes que estar a qué hora… controlan tu vida, aunque opino que ya no es vida.
    Siento rabia, porque estoy tan segura de que si no hubiese estado ahí, su estado de salud hubiese ido a mejor… es más, cuando era joven y tenía fuerzas y aún no se resignaba a pasar el resto de su vida en el clínico, intentó huir más de una vez, incluso se tiró de un segundo piso… En serio, me da mucha rabia y lástima esta injusticia, este trama sacado de cualquier película de drama.
    El problema de la tía Mercedes trata de idas de cabeza, se encierra en si misma, mira un punto fijo y recuerda episodios de su vida, y por mucho que la hables no logra estar contigo, concentrarse en lo que le estás diciendo.
    Son episodios pasajeros, hay días en los que está bien, consciente de lo que la rodea, y días que parece no darse cuenta ni de que estás ahí, a su lado, pero lo más fascinante es que en este tipo de días, aunque parezca que no se entera de nada, cuando vuelve a estar bien, sabe perfectamente que has ido a verla, y todo lo que le has dicho, y ella misma se da cuenta de cuando está mal y cuando no.
    La tía nos cuenta que ha vuelto al “taller terapia”, un taller donde cosen, juegan al bingo, dibujan, cuentan monedas… en definitiva, hacen cosas para matar todo el tiempo que tienen que matar. Y yo me pregunto… ¿qué hace el resto del tiempo cuando no está en el taller? ¿Por qué se llama “taller terapia”? ¿No se dan cuenta de que para un enfermo la palabra “terapia” solo le recuerda que está enfermo? ¿Solo me lo planteo yo?
    Y de repente, la tía hace la gran pregunta: -¿Qué tal está mi hermano?- Dice mirando fijamente a mi madre.
    Digo que es la gran pregunta porque es la que todos queremos que no haga, y siempre hace. Es la única persona que no se da cuenta de lo canalla que es su hermano, que no la visita tanto como debería, después de que toda su vida gire en torno a él.
    Tras la respuesta, la tía remata: -Hace mucho tiempo que no viene a verme…- Dice mientras baja la cabeza.
    Se mezclan mis emociones, no sé si sentir lástima por ella o por mi abuelo.
    Lástima por él por no tener la conciencia del todo tranquila jamás. Lástima por ella porque nadie quiere dañarla y decirle que ya lo sabemos, y que si su hermano no va a visitarla es porque no quiere, porque las escusas que da no valen nada.
    Y así siempre que vamos a verla, todas mis preocupaciones del día a día, todos los pensamientos de adolescente se evaporan, y pequeños detalles como las manos de pianista de la tía se convierten en lo único que me pasa por la cabeza.
    Y me siento bien pro alegrarle el día yendo a verla, y lo haría todos los días, porque se lo merece, simplemente por el hecho de que su vida sea injusta, de todo lo que se ha perdido, por ver que mi madre se siente feliz como yo, y de lo bien que nos sienta a nosotros verla bien.
    Para acabar la visita, una enfermera nos dice que no le llevemos galletas de chocolate, esas que tanto le gustan, porque está engordando. Cuando se da la vuelta, la tía se pone triste y mi madre pregunta que qué pasa.
    -Es verdad que estoy engordando, pero si no me traéis galletas…- Dice con un hilillo de voz.
    -No te preocupes tía, que yo le digo a mamá que te traiga galletas, que estás muy guapa.- Contesta mi madre.
    -Si como no pienso tanto y estoy mejor.- Dice con media sonrisa y los ojos de nuevo brillantes.
    Nos despedimos con besos y abrazos, y salimos con la puerta tras pasar por más pabellones con muchos más ancianos, unos miran al vacío, otros saludan con educación, me pregunto cuál será la historia de cada uno de ellos, cuánto llevarán ahí, y si habrán sido felices alguna vez.
    Finalmente llegamos al coche, y cuando se cierran las puertas, mi madre dice:
    -Pienso llevarla doble ración de galletas.- Dice con ese peculiar laísmo propio de Valladolid. –Que esté gorda…pero que sea feliz.-
    Sonreímos.
    Que simple es la felicidad, según los ojos con que la miremos.

    Puma Delí

  13. Puma Dalí dijo:

    Gotas de imagen
    Que mal que recorra tu cuerpo lleno de inocencia en esta noche que tanto llueve.
    Será tan malo que las gotas húmedas y grises caen en la acera sucia, pasando por tu ventana, recogiendo esa imagen que tanto desprecio. ¿Acaso sabes por qué caen al suelo? Para esparcir el recuerdo que vieron. Impactan y mueren para no sentir lo que tú estás sintiendo.
    Pobres esas gotas que se quedaron en tu ventana, y quieren resbalar, para no ver quién te atrapa entre sus brazos lascivos.
    Una imagen que duele, que explica la ley de la gravedad; las gotas caen porque no quieren verte más.
    ¿Y qué son las lágrimas sino una imagen reflejada en ellas que queremos evaporar de nuestra cabeza? Gotas que caen para no ver esa imagen más, porque la desprecian.

    Puma Delí

  14. Puma Dalí dijo:

    Dime tiempo
    Tiempo, desnúdame en silencio, sin escucharte siento, que no padezco, ni el frío del invierno, ni la caricia suave de esa brisa inspirada por el viento. Susúrrame qué pienso, susúrrame un invento, simplemente devuélveme el aliento. Joder, maldito tiempo, te escapas, te vas lejos, no ves que yo me pierdo en el débil sonido de las horas en los sueños.

    Puma Delí

  15. Puma Dalí dijo:

    El sueño de la noche
    Que bella puesta de Sol la que se refleja en tus ojos, como si fuesen espejos. Se apaga el día, las luces de la noche encienden tu sonrisa, y en esta oscuridad, tus ojos se ven más.
    Dime, dime, ¿qué hiciste para eclipsar la luna hoy?
    Media luna tu sonrisa, será que enfermo de alegría, quiero verte más, quiero verte más, quiero verte a oscuras, picadura de cordura que me hace despertar.
    Volveré a soñarte más, no creo que de día, será más bien las noches, soñaré con tus escotes, tus pitillos, tu forma de no cansarme, mi forma de imaginarte, desnuda, entera, solo para mí.
    Oh sí, hazme feliz, mente, trabaja, crea buen ambiente, que me ayude soñar más, que me ayude a imaginar cómo sería besar tu luna, recorrer tus lunares.
    Maldita mente enferma, deja de imaginar, ayúdame a actuar.

    Puma Delí

  16. Puma Dalí dijo:

    Labios rojos, verdes ojos

    Mejillas sonrosadas,
    Labios rojos, verdes ojos,
    Se me clavan como espadas.

    Sonrisa fugáz,
    Me pierdo despierto,
    Parece que ya se la llevó el viento.

    No sé si te das cuenta
    Que te busco cada día,
    El tiempo se burla de mi manía.

    Formo parte de tu ejército,
    Cien mil juguetes rotos,
    Hipnotizados por tus ojos.

    Dicen que son normales,
    Yo los veo ideales,
    De belleza, de lujuria,
    Que acabe ya mi penuria.

    Locura mía cada día,
    Interno tormento,
    Desesperación en aumento.

  17. Lina Méndez dijo:

    CONDENACIÓN
    Condeno mi alma,
    y mi cuerpo,
    y mi recuerdo,
    al fuego eterno
    que alberga tu pecho.

    Me consumiré
    en un abrazo rápido
    cuando nada quede
    Seré solitaria y dormida,
    sombra de tu sombra,
    muerta o viva.

    Más,
    por más que me esclavices
    a tu pecho y a tus besos,
    no condeno mis poemas
    que son libres como aves
    que naufragan con el viento.

  18. Lina Méndez dijo:

    MÍA

    Adormilada y serena, en la cúspide de mi torre placentera, de vigas de besos y caricias. Mujer de vida alegre, te contemplo entre mis sábanas, y la imperfección de tu pecho, triste y decaído, de tus caderas mecedoras y tu sonrisa apagada me cautiva, me enamora. Muerdo cada labio que te encuentro pensando en engullir cada uno de tus dientes, en desfigurarte la cara con la furia contenida en la explosión de mi sexo enloquecido, ¡embravecido de deseo! Porque solo yo te amo con la sangre envenenada, porque solo yo lo hago con gritos desgarrados de mudo, con cada pestaña perdida y cada beso de sabor limón. No saques los tacones esta noche, mujer, no busques las tentación entre mis calles, caminas bajo las luces rojas de un alba peatonal nocturno. Porque yo te amo, mi mujer alegre, mientras dormitas en mis mantas.

  19. Lina Méndez dijo:

    POETAS DEL ABISMO

    Presentación:

    “No soy conocido, ¿qué importa?
    Los poetas son hermanos.
    Estos versos creen; aman;
    Esperan: eso es todo.
    Querido maestro mío, ayúdeme un poco:
    Soy joven, tiéndame la mano.”

    Arthur Rimbaud.

    PROSA POÉTICA

    Somos auténticos
    poetas del abismo.
    Zarzas en la noche,
    la piedra en tu camino.
    Somos auténticos
    poetas del abismo.

    En el corazón de un fuego fatuo, de un cristal de babilonia, repiqueteamos con serena dulzura llamando a la vida que se nos fue arrebatada, que nos repudió con asco de sus entrañas para enviarnos a un abismo limitado tan solo por la locura. Paseo lentamente por la calle, ¿que ves tú? Yo solo el gris helado que cubre las aceras vomitadas de personas que entienden de prisas y el frenético baile de unas agujas, que aun que no son las que usaba mi madre para coser, giran una en torno a la otra, un baile demencial, interminable, suspendido, yo creo, en una dimensión diferente, unas agujas pequeñas, insignificantes, que rigen el discurso del tiempo, la vida, que son futura muerte. La calle me produce asco, no se por qué camino, el cielo se oscurece, me asusta, las nubes se vuelven ante mis ojos las fauces abiertas de un gigantesco lobo de pelaje oscuro que con mirada sangrienta se abalanza sobre mi con intención de engullirme. Tengo la impresión de que si abriera un poco mas la boca podría verle hasta el final de la tráquea, donde su voz gurguta y nace para convertirse en un aullido, profundo. Cuando le contaba esto a mi madre me decía que era solo el viento, pero yo se que no. El viento no tendría ese regustillo a desesperación y miedo, el viento sería fresco, relajante. El aullido que yo oía eran los gritos desgarrados de miles de almas muertas, putrefactas de desolación, era el sonido de miles de manos que desesperadas se aferran al único y delgado hilo que los separa de la absoluta extinción, el olvido.

  20. Lina Méndez dijo:

    Secreto de Secreto

    Me gustan los asuntos de confesiones secretas, y tus manos calientes en mi pierna sedienta. Y tu ropa, y mi ropa, y tus labios que pelean por los míos, y son asuntos de sangre aquellos que causan las jocosas embestidas de tu embravecida lengua en la abertura roja y henchida que es la mía. Da puertas al pájaro escandido en la jaula de mi pecho, desprendiendo plumas blancas de algodón y excrementos.
    Los cuadros de mi falda deliran con tus roces y vuelan lejos junto con la tela, que se olvida en los sueños. Son secreto de secreto las motivaciones, las sensaciones, las acciones, y en el borde acicalado de la camisa restos de tiza, polvo blanco y nacarado que desprenden también tus nalgas, y tu pecho, ávido de carne fresca y blanda que espera y anhela entre el cobijo de mis senos. Rosadas cumbres que son mordiscos.
    Son secreto de secreto, y en lo oscuro lo profundo, que florece, que renace, porque permanece oculto, bulboso, mojado, baboso. Y hambriento, oculto en el bolso de tela fina y los arañazos de porcelana blanca con medias de color y braguitas mojadas, porque se encuentran en el secreto de tus brazos, de tus manos de tinta verde y tiza.

  21. Lina Méndez dijo:

    Mía

    Adormilada y serena, en la cúspide de mi torre placentera, de vigas de besos y caricias. Mujer de larga vida, te contemplo entre mis sábanas, y la imperfección de tu pecho, triste y decaído, de tus caderas mecedoras y tu sonrisa apagada me cautiva, me enamora. Muerdo cada labio que te encuentro pensando en engullir cada uno de tus dientes, en desfigurarte la cara con la furia contenida en la explosión de mi sexo enloquecido, ¡embravecido de deseo! Porque solo yo te amo con la sangre envenenada, porque solo yo lo hago con gritos desgarrados de mudo, con cada pestaña perdida y cada beso de sabor limón. No saques los tacones esta noche, mujer, no busques las tentación entre mis calles, caminas bajo las luces rojas de un alba peatonal nocturno. Porque yo te amo, mi mujer alegre, mientras dormitas en mis mantas.

  22. Lina Méndez dijo:

    Puta

    Mujer de vida alegre, mujer miserable del deseo. De esputo toxico en cráneo desértico, de caricias desgarradoras en la tierna piel del inocente. Tus besos son veneno que encadena, que arrastra, que exorciza, que peca, que matan. Tu lengua viperina ahoga cualquier lamento con el chasqueo de una cavidad mojada. Puta, mujer de mala vida, te quiero. Entro en el fuego armado de tus sabanas con casco militar y coraza de hierro, en el abrazo de tus piernas con timidez arrogante, porque se que me quemaras, me partirás en dos con tu mirada cándida de prohibido y pecado, y no me encuentro otro final que morir, morir ahogado en las negras lagunas de tus ojos. Buscar cobijo en tu hombro y tu pecho, y morder con avidez, con ansia y con furia, hacerte daño por hacer que te desee tanto, desfigurarte para que no te miren, que ningún otro hombre te toque, que no ejerzas de la calle si no es conmigo, que los hombres de rojo se paren al verte y los incandescentes verdes aúllen sus secretos, los susurros escapados de día y de noche en la grupa de las cebras. Lamer con avidez, lamerte a ti y a tu estela, tu fuego, tu caricia, toda tú, toda tú lamida y cubierta de mis besos. Acunarte en los pliegues de mis sabanas hasta que el amanecer nos encuentre despiertos, y tu te vayas, y yo te olvide.

  23. Lina Méndez dijo:

    Recuperando viejas costumbres,
    de besos forajidos al aire vaporoso
    Recuperando viejas costumbres.
    de persianas al alza por visiones
    de anacarados mordiscos eléctricos
    y caricias añil porcelana.
    Noches de sueños despiertos
    y sueños dormidos que se alteran
    hasta que la realidad es sueño
    y el sueño es sueño.
    Como rayos que ya no habitan,
    que ya no fueron,
    que son solo grito de nubes exaltadas
    furiosas, ladronas y pasionales,
    nubes que son fuego
    en cada gota de agua
    y luz en la luz y el ruido.

  24. Lina Méndez dijo:

    LABIOS DE CENIZA

    >> A mí que he perdido la cordura,
    que estoy condenada y muerta para el mundo,
    – no se me matará- <<
    Arthur Rimbaud.

    Lina Méndez
    Modalidad Prosa
    Categoría B
    El zippo soltó un chasquido cuando la llama brotó de sus entrañas. Fuera está lloviendo, la noche pinta gris y pesada, de esas que hacen que la calle esté desierta. El viento azota sin descanso las ventanas que, mientras, reproducen la melodía que hacen las gotas de lluvia al impactar contra el cristal.
    La llama roja incandescente se acercó al cigarrillo que tenía en la boca y lo encendió escuchando con placer el sonido que hacía al consumirse el tabaco. Sus labios rojos escarlata aspiraron con fuerza, se apartó el cigarrillo y expulsó el humo junto con un leve suspiro, de esa manera tan sensual que había practicado durante mucho tiempo para resultar interesante y que ahora ya le salía por acto reflejo.
    La habitación estaba en penumbra, apenas iluminada por la tenue luz amarillenta de las farolas de la calle. Luz suficiente como para observar, al otro lado de la habitación, la figura que dormía plácidamente en el medio del gran colchón matrimonial.
    Un pecho no excesivamente robusto, pero si cubierto de un tupido bello, ligera tripilla cervecera y una maraña de pelo negro sobre la almohada. No era ningún modelo de Calvin Klain, pero había tenido tipos peores en su cama. De hecho, ninguno de los dos era una exótica belleza tentadora, ninguno de los dos acabaría siendo alguien famoso o importante ni ninguno tenía la intención de que aquello les llevase a nada serio, simplemente se lo pasarían bien y rematarían una noche de alcohol como cualquier otra con una ración de sexo desenfrenado. No entendía por qué se lo había tirado, siempre era lo mismo, la misma rutina, la misma faena, la misma desilusión. Noche tras noche, en un bar o en otro, buscaba restos de cariño y un poco de amor propio en cientos de bocas distintas que, al fin y al cabo, le sabían igual y la dejaban con la misma sensación de insatisfacción.
    Se levantó despacio del butacón burdeos y desnuda caminó por la habitación sin pudor ninguno. Sus pasos sonaban contra el parquet como un eco sordo y calculado, pisaba con precisión para no tropezar con lo que había desperdigado por el suelo y para no hacer ruido. Se paró ante el gran tocador de madera, sembrado de papeles, llaves, caramelos, libros y más libros y algún que otro marco de fotos. Su mirada se clavó en un marco y se quedó observándolo mientras fumaba su cigarrillo distraídamente. Para entonces el humo ya se había adueñado de casi todo el espacio aéreo del habitáculo, y seguía expandiéndose, haciendo remolinos y cabriolas en el aire, como un baile progresivo y lento camino a la locura, pasando del gris al blanco, y de este a la nada.
    Su expresión era fría e inhóspita, y sin inmutarse lo más mínimo cogió el marco y lo puso a la altura de sus ojos, escrutándolo de arriba abajo para no perder detalle. Detrás del cristal le devolvía la mirada una pareja feliz. El hombre que dormitaba en la cama salía en un parque abrazando feliz a una chica delgadita y pequeña, morena, de pelo corto y sonrisa tonta. Una mujer que no se parecía en nada a ella, una mujer a la que miraba, de repente y sin saber por qué, con envidia.

    Posó de nuevo el marco, y se alejo dándole la espalda. Fue recogiendo del suelo prendas desperdigadas, pero cuando iba a empezar a ponérselas se percató de que no tenía su tanga. Buscó por todas partes, se arrodilló debajo de la cama y fue incluso hasta el baño, pero su tanga se negó a aparecer. De todas formas, no le importó demasiado, y se puso el vestido sin ropa interior.
    Se acercó despacio a la cama, como un felino a punto de atacar, con mirada fiera de prepotencia y arrogancia, como queriendo decir a través de sus gestos corporales que ella era muy superior al hombre que dormía y al que no paraba de observar. Podía sentir los músculos en tensión y las ganas internas de saltar sobre él para golpearle, arañarle y morderle con rabia, sentía la cara de asco que se le formaba sin quererlo en la cara, pero luchando contra sus impulsos finalmente se alejó de él. Caminó por última vez hacia la cómoda, y tiro el marco con la foto de un manotazo tras aplastar el cigarrillo consumido junto a él.
    Cogió los tacones en la mano y caminó hacia la salida. La puerta se cerró con un leve portazo, pero el único testigo fue un hombre que dormía y creyó soñarlo, se dio la vuelta en la cama, y cayó de nuevo en brazos de Morfeo.
    El único resto que quedaría de su presencia en aquella casa sería una prenda de ropa interior escondida en algún rincón y una quemadura en el armario nuevo. Una quemadura junto a un cigarrillo roto, consumido, aplastado contra la robusta madera de castaño color pardo. Una quemadura perfilada de grises y tristes cenizas, del polvo de unos labios que antes habían sido rojos, de restos de hastío de una vida monótona asqueada de sí misma.

    La calle estaba vacía, desértica, decrépita. La lluvia había cesado pero la carretera aún mantenía su recuerdo, y en la acera numerosos charcos reflejaban una luna llena tapada por las nubes.
    Salió del portal y comenzó a caminar sin saber exactamente hacia donde. Sentía la humedad bajo sus pies descalzos y el tacto de las baldosas, tan ínfimamente helado, que los pies empezaron a dolerle. Miró delante y detrás de ella. No había nadie, absolutamente nadie, ni a pie ni en coche, así que se bajó de la acera y comenzó a caminar por el medio de la carretera. Su tacto era más áspero, pero era más reconfortante que el frio helado de las baldosas. El pavimento le ofrecía un calor particular que no encontraba en ningún otro sitio, porque podía sentir en su interior una chispa de emoción, como una niña que sabe que está haciendo una travesura, al andar por el medio de la carretera sin pensar en qué pasaría si viniera un coche. Un pequeño chisporroteo de adrenalina que ya apenas podía sentir por casi nada.
    Amaba el asfalto, amaba el alquitrán recién esparcido. Le encantaba el olor acre y pringoso que se le quedaba en la nariz después de olerlo, igual que la gasolina, y le encantaba ese color tan negro y atrayente, tan absorbente; ese negro que, mojado, parecía carbón.
    Bajó la vista al suelo y la inmensidad del color le produjo vértigo, sintió como si hubiera estado dando vueltas sobre sí misma toda la noche. Se derrumbó. Calló de rodillas al suelo con los ojos abiertos como platos y la respiración agitada. Estaba tan cerca del suelo que casi podía oír las pulsaciones de la tierra, su respiración. El olor ácido a carretera mojada inundó sus fosas nasales. Qué bien olía. Acarició el áspero terreno y se tumbó.
    Acurrucada en el medio de la vía cerró los ojos y dejó la mente en blanco. No supo por cuanto tiempo, no supo si se había dormido o no ni el por qué lo había hecho, pero le reconfortaba. Cuando volvió a abrir los ojos se encontraba tranquila y la rabia que había sentido en el piso de aquel hombre había desaparecido. Se reincorporó y miró al suelo, le habían entrado ganas de darle un beso. Una parte racional de su cabeza le decía sin parar que no lo hiciera, que se levantara y caminara hacia casa, que ya había hecho suficientes tonterías por una noche, pero lamentablemente esa era también la parte de su cabeza que más fácilmente podía ignorar. Se agachó y sacó la lengua.
    El asfalto sabía a polvo y neumáticos, pero a pesar de eso, el gusto que le dejó en la boca le resultó más placentero que los miles de besos que ya había probado. Con la carretera no había sentido esa desapacible insatisfacción, contrariamente, empezó a sentirse a gusto consigo misma.
    La lluvia comenzó a caer de nuevo, suavemente, imperceptible, casi como el rocío.
    Se alegró. Sonrió ligeramente y comenzó a caminar de nuevo. Le gustaba sentir el aguacero acariciando sus brazos desnudos y desordenando su pelo, se sentía fresca y renovada, libre de imperfecciones, ataduras, deberes.
    Se sentía tan bien, que le entraron ganas de arrancarse el vestido y caminar rumbo a casa desnuda, de disfrutar de su cuerpo y de sentir el aire revoloteando a su alrededor.
    Se sentía tan bien, que lo hizo.

  25. Lina Méndez dijo:

    EL RÉQUIEM DE MIS SUEÑOS

    Eva

    Aún continuaba con un nudo en la garganta a pesar de haber subido al tren. Mi vía de escape hacia la salvación. Ni siquiera una vez que ya estuve sentada en una de las sillas grises del último vagón, y el tren se puso en marcha conseguí deshacerme de ese miedo, que atrofiaba cada uno de mis músculos. Con el deseo de olvidar todas mis preocupaciones, dejé que mi vista vagara por todos los pasajeros con los que compartía vagón, y de paso asegurarme de que ninguno de ellos fuera él. Ya me había asegurado tres veces mientras esperaba a que llegara el tren, pero prefería asegurarme de nuevo de que no hubiera conseguido encontrarme y hubiera subido al tren en el último momento.
    Vi a bastantes jóvenes, universitarios seguramente. Prometedores, como me hubiera gustado ser a mí. Y mi mirada no pudo evitar posarse sobre dos de ellos. Una pareja. Sus manos estaban entrelazadas y se sonreían con ternura. Enamorados. Esa era una palabra que a mí ya me sonaba lejana. No pude evitar que mis ojos se humedecieran de nuevo, y para cuando me di cuenta, mi vista ya estaba completamente borrosa. A mi memoria llegaron recuerdos de hace tiempo, justo antes de casarme. Recordé lo feliz que era, lo perfecta que me parecía la vida, lo mucho que amé a Roberto. Roberto, ahora su nombre me provocaba escalofríos.
    No dudaba que lo quería, y no me arrepentía de haberme casado con él, eso nunca. Había sido muy feliz durante varios años, y había conseguido el tesoro más preciado de toda mi vida, mi hija. Sin querer, mi mirada se dirigió hacia la izquierda, donde mi pequeña soplaba a la ventana y dibujaba sobre el vaho que se formaba en el cristal. Sus rizos dorados caían hasta sus hombros, y, aunque una pequeña sonrisa se vislumbraba en su carita de sonrosados mofletes, sus ojos verdes parecían tristes. Verdes, como los de él. No. Debía olvidarlo de una vez por todas. Sólo tenía que mirar hacia la pequeña niña para que desaparecieran todas mis dudas sobre lo que estaba haciendo. Ella con solo cinco añitos ya había soportado demasiado, y por nada del mundo quería que le ocurriese lo mismo que a mí. Y otra vez, los recuerdos volvieron a aparecer como dagas afiladas que se me clavaban en el pecho con furia contenida.
    Recordé las tardes que pasaba angustiada en casa esperando que él llegara del trabajo, ebrio la mayoría de las veces. Tenía miedo. Temblaba cuando oía las llaves atravesando la cerradura y no podía evitar preguntarme a mí misma de nuevo ¿ y si esta vez se pasa y me mata? Él entraba tambaleándose, y tonta de mí no podía evitar preocuparme, le iba a sostener y le suplicaba que se fuera a dormir, que debía estar cansado. Él me agarraba con furia y me empotraba contra la pared para empezar a besarme el cuello. Yo le suplicaba que no, que esa noche no, que la niña dormía, que él estaba borracho y que no quería. Pero él me golpeaba como siempre. Un puñetazo o una bofetada en la cara cuando venía contento, otras veces se desquitaba hasta dejarme en el suelo sangrando y luego se iba a la cama. Otras veces, me golpeaba fuerte y luego me forzaba. Hacer el amor lo llamaría él.
    Recuerdo como todos los días me decía a mí misma, ¡basta!, ¡esta ha sido la última vez! ¡Hoy mismo voy a dejarle las cosas claras! Pero las fuerzas siempre me abandonaban cuando lo tenía frente a mí. Solía pederme en el verde de sus ojos, que me hacían viajar a otra época, en la que todo era distinto. Me engañaba a mí misma constantemente. Él, en realidad, no es así. -me decía- Cuando nos casamos era distinto. En el fondo es bueno pero el trabajo le estresa. Solo era una época y ya pasaría. Después de todo yo tenía la culpa de todo, solía pensar, porque él es un buen hombre, y seguro que me quiere. Nos mantiene y nos da el pan para comer y yo sólo consigo enfadarle porque no sé hacer nada como es debido.
    Pero eso ya era cosa del pasado. Lo había decidido, ya no aguantaría más, no volvería a ser su esclava, no volvería a humillarme, no volvería a golpearme hasta dejarme amoratada la cara y los labios cortados. Lo había decidido aquella noche. Desnuda sobre la cama y con él dormido a mi lado, las lágrimas solían deslizarse silenciosas por mi rostro haciéndoles compañía a las largas noches sin dormir, pero esa noche, en concreto, no dejé que siguieran corriendo y cesé el llanto decidida. En cuanto él se marchó a trabajar, metí algo de ropa y algunas cosas imprescindibles en una mochila deportiva, desperté a la pequeña y la vestí apresuradamente para cogerla en cuello y marcharme. Sin dejar ninguna nota, sin mirar atrás en ninguna ocasión. Simplemente desaparecería de su vida, como él lo haría de la mía. Ése ya sólo sería mi pasado.
    El tren seguía con su traqueteo y por primera vez en toda la mañana me permití relajarme y me perdí en la vista que me ofrecía la ventana. El nudo de mi garganta se había aflojado, los nervios habían dejado de torturarme, y aunque no podría calificarse de sonrisa, un gesto de alivio se había instalado en mi cara. Me sentí agradecida de estar allí. Ese era mi billete hacía una nueva vida y una nueva oportunidad de vivirla. Ese tren era mi salvación.

    De repente, todo se volvió negro y el mundo a mi alrededor desapareció para convertirse en un remolino que lentamente se cernía sobre mí. Unas lágrimas se escurrieron de mis ojos, con el único consuelo de que esas últimas gotas que derramé no fueron de sufrimiento ni impotencia, simplemente de alivio. Solamente fui capaz de susurrar unas últimas palabras antes de dejarme arrastrar por la oscuridad. El nombre de mi hija.

    Lara…

    * * *

    El tiempo escapa veloz, el reloj se mueve frenético con movimientos que resuenan Tic, Tac. Tic, tac. Casi no puedo contener mi ansia. Es todo un logro que haya conseguido actuar con naturalidad con toda la adrenalina que veloz fluye por mis venas. Escucho a mi corazón bombear con fuerza y aunque no lo quiera, una sonrisa está presente en mis labios sin que pueda hacer nada por evitarla. El tren se mueve de un lado a otro y la gente no cesa de entrar y apretujarse. Más gente, eso es, más infieles hacia el fuego eterno de Alá.
    Una vocecita me anima en mi cabeza. Es la voz de mi pueblo que desde lejos apoya mis actos, defiende nuestra causa y lucha por el conocimiento que nos ofreció Mahoma. Y el tiempo sigue corriendo sin freno. 7:30, el tren se para… Tic, tac, tic, tac, 7:32 disimuladamente me deshago de la mochila que colgada desde mi hombro sonríe a la cercana muerte, 7:33 me alejo hacia otro vagón, paso entre el gentío con la satisfacción de un trabajo bien hecho, tic, tac, tic, tac…7:34, me bajo del tren y apresurado me alejo de la estación. Las puertas del infierno. Camino por la calle admirando el ir y venir, las prisas, los coches… Tic, tac, tic, tac…7:36, y estalla.
    Por primera vez el tiempo parece ralentizarse. La gente grita y corre a mi alrededor, y yo sigo caminando con la sonrisa en mis labios. Puedo paladear el sabor de la muerte en el aire, y sé que ya no soy solo alguien más, que mi nombre ya está grabado en piedra, que ya soy parte de la historia de mi pueblo. No sólo un islamista más, si no un guerrero con identidad, vivo en el recuerdo como un inmortal. Ahora ya tengo nombre: El cobrador de vidas.

    La muerte

    Puedo sentirla en la boca, con su sabor salado y a hierro. La sangre asciende ardiente desde mis entrañas. Me embruja con su envolvente movimiento, deslizante, serpenteante, como una lengua de fuego. Me hace perderme en la inconsciencia, y su color escarlata desata oscuros sentimientos de mi interior, provocándome dolor. Centelleante dolor como los colores del crepúsculo en el ocaso, brillando y dándole vida al cielo con sus matices.
    Ansío poder desgarrarme la garganta. Abrirla en canal para que todos aquellos gritos y suspiros que contuve se liberen de su prisión en el nudo de mi tráquea y escapen volando. Lejos, que huyan lejos junto con las aves, porque en esta tierra seca ya no queda nada. Sólo murmullos, sollozos y angustias. Sólo eso, sangre, fuente de vida y de muerte.
    ¿Qué es esto? ¿Qué es mi cuerpo? Si yo solo soy aire, sólo un oscuro sentimiento. Esa negra presencia que te sigue y te persigue en tu desazón por perder el miedo.
    ¿Y qué soy?¿Qué no soy? Soy muerte y destrucción. Cobradora de vidas. Serpiente, rastrera, me oculto en las sombras y soy tu condena. Ni fuego, ni azufre, ni mucho menos ardor. Soy frío y tinieblas.
    ¿Qué soy? ¿Qué no soy? Soy muerte y destrucción.

  26. Lina Méndez dijo:

    REDENCIÓN

    La adrenalina, el frenesí, el odio, la rabia… son sentimientos muy profundos. Es curioso observar las reacciones de la gente cuando se ve inundada por alguno de estos, son capaces de infundir el valor que se necesita para cometer las temeridades y gilipolleces típicamente humanas. Y es que el ser humano es sorprendente, pero ínfimamente estúpido, solo hay que ver como unas palabras dichas con malicia por alguien cercano pueden desencajar una vida. Joderte la existencia. De cómo alguien podría darse a la violencia para no sentirse débil, o como se puede llegar a perder la humanidad hasta el punto de matar por puro placer físico. Solo un animal retrasado haría algo tan patético. Pero a fin de cuentas, ¿Qué somos los humanos más que eso? Animales salvajes e increíblemente estúpidos.
    El vaso se estrelló con fuerza contra el suelo. Se rompió en pedazos. Cientos de espejitos irregulares esparcidos por el suelo reflejando la luz de los fluorescentes y de una realidad afilada como el cristal mismo. Los pequeños añicos de una esperanza que cada vez que quería curarse y recomponerse de nuevo estallaba en pedacitos aún más pequeños. Eran solo una ilusión.
    -¡puta! ¡No huyas!
    Otro Crash, probablemente alguna desafortunada pieza de la poca vajilla que quedaba. Quizá un jarrón. No lo sé.
    Eres igual que tu madre. ¿Me oyes? Tu madre era una puta, igual que tú. Ojala te hubiera llevado con ella cuando se largó. ¡TÚ NO ERES HIJA MIA!
    La puerta se cerró como un resorte con un portazo, las bisagras chirriaron por el mal trato y el eco de la voz ahogada de su padre tras esta se extendió por el rellano del pasillo. Tara emprendió su huida corriendo escaleras abajo, casi como cada día desde hacía algún tiempo. Era la forma más rápida de alejarse de él, de acallar sus insultos y protestas, con el frenesí de su respiración agitada, de aplacar el dolor de su cuerpo, de sus heridas bañadas en sal y sangre con el agotamiento físico.
    Las calles de Madrid la acogieron con un frio afilado que le cortó las mejillas y los labios. Notó su nariz helarse poco a poco a la vez que perdía sensibilidad en los dedos. No había tenido tiempo de coger una chaqueta, cuando las broncas empezaban lo mejor era salir corriendo antes de que el asunto empeorara. Caminó sin rumbo intentando apaliar la tempestad de sentimientos que arremetían dentro de ella, el frio de Noviembre y las ganas de llorar.
    Sus pies la llevaron de nuevo a sus bien conocidas vías del tren, paseaba entre ellas, perdía la mirada entre los cientos de guijarros que llenaban el recoveco entre los fríos listones de acero y jugaba a caminar pisando solo las trabillas de madera, como cuando era pequeña y jugaba con las baldosas del suelo. Un cúmulo de rabia y frustración la consumían por dentro más dolorosamente que una lengua de fuego, y pasear entre las vías del tren era una de las formas que tenía de aplacar esta sensación de ahogo y asfixia. No podía negar que no era la primera vez que se planteaba dejarse caer en ellas justo antes de que pasase la bestia metálica, un ligero tropiezo, un resbalón y todo acabaría. En una ocasión estuvo incluso a punto de hacerlo, pero se volvió atrás.

    Las viejas vías la condujeron a una de las zonas marginales de la ciudad, donde las fábricas abandonadas compiten con los solares llenos de maleza para decidir quien puede más y quien le arrebata más terreno a la urbanización y el progreso a dentelladas, de vez en cuando veías algún vagabundo dormir en una esquina, otras veces tenías que conformarte con oír el sonido que hacían las ratas al competir por los restos y migajas que habían dejado los perros. La poca gente que vagaba por ahí caminaba siempre con prisa y sin fijar la vista en ningún sitio, algunos fingían tener asuntos muy importantes en los que pensar, otros simplemente miraban con repulsión a todas partes y trataban de pasar los más rápidamente posible. No era la primera vez que pasaba la noche en la calle, y contrario a todo pronóstico, se sentía bien haciéndolo, o por lo menos no tan mal como “en casa” (nunca sería capaz de llamar hogar a aquello). La impasividad de la calle, la indiferencia, le servían como un escudo que echarse al hombro, una capucha que la cubría de toda la mierda que le salpicaba por un lado o por otro. Le era agradable ver que la gente pasaba a su lado sin ni siquiera dirigirle una mirada de más. No quería la compasión de nadie.
    Entró en la casa más apartada de todas, la más derruida, la más triste.Merodeó por todos los cuartos para asegurarse de que estuviera vacía sintiendo como los cristalitos entintados de polvo esparcidos por el suelo crujían bajo el peso de sus pies, y se acabó recostando en la esquina que menos cristales rotos tenía, siempre con una ventana cerca por si tenía que salir corriendo. A través de esta podía ver como el cielo se iba amoratando, oscureciendo al entrar en los abismos de unas fauces que envolvían toda la ciudad de negro y estrellas, haciendo que ese lapso de tiempo suspendido en el silencio, que parecía eterno, fuese como una extensión de su cuerpo y su mente, su vida misma. Las frías horas nocturnas pasaron lentamente, quejosas y apesadumbradas, hasta que el amanecer la encontró cobijada bajo su estrecho abrazo helado, haciéndola despertar del ligero duermevela que la había azotado en la madrugada, sueño que se le iba desprendiendo poco a poco, pesado, retazos de piel muerta que caían a cada paso. Había conseguido soñar, hacía años que no lo hacía, desde que su madre se había ido, y extrañamente, había sido un sueño feliz.
    Se puso en pie y se sacudió parte de la porquería que se había quedado en sus vaqueros, intentó subirse más aún la cremallera de la sudadera. La mañana le parecía más fría incluso que la noche. Salió a paso lento adentrándose en las frívolas calles de la ciudad, que ya se encontraban atestadas a pesar de ser tan temprano. Anduvo sin rumbo, simplemente dejándose llevar por el gentío mientras intentaba de recordar de que trataba exactamente su sueño. Recordaba que salían ella y su madre, felices, viviendo lejos de su padre y de todo lo que alguna vez las había dañado. Viviendo un vida mundana, tranquila, normal. No fue hasta que se paró en un semáforo y vió pasar a un autobús que la idea vino a su cabeza. En la lateral del autobús podía leerse: ” Una ruta a todas direcciones” ella también quería ir… a todas las direcciones. Emprendió de nuevo su camino, pero esta vez, sí sabía hacia donde se dirigía.

    La llave encajó con precisada perfección y fuerza en la cerradura, y abrió la puerta con lentitud para evitar cualquier ruido. Si su padre estaba en casa lo más seguro es que estuviera dormido en el sofá, aún borracho, y para lo que tenía en mente era preferible que siguiera inconsciente. Cuando llegó a la altura del salón asomó perezosamente la cabeza para ver la estampa. Nada, vacio. Fue a mirar al cuarto de su padre por si en un arrebato de extrañeza le había dado por usar la cama. Tampoco. Estaba sola. Sin importarle ya el ruido echó a correr por el pasillo y entró en su habitación como una exhalación, buscó la mochila del instituto y le dio completamente la vuelta para vaciarla, dejando todos los libros esparcidos por el suelo, unos encima de otros y con las tapas dobladas. Empezó a meter apresurada todo lo que pensó que necesitaría, pero mientras sacaba a brazadas la ropa del armario y prácticamente la metía a puñetazos en la mochila un pequeño marco de cristal que estaba escondido en una camiseta se precipitó al suelo. Cerró los ojos instintivamente antes de oír el crack, y cuando se agachó y apartó los cristales para ver de qué se trataba el corazón se le paró un instante. Cuchillos afilados la atravesaron y desgarraron su carne, sintió sus tripas retorcerse en una lucha interna por librarse de las ataduras que la unían a su cuerpo, como si quisiesen huir a través de su esófago, y notó como cada uno de sus músculos, del meñique del pie a los pómulos, se tensaron, rígidos como varas de acero, y unas arcadas tremendas ascendieron hirvientes por su interior. Su madre. Era la única foto que había conseguido salvar de la furia de su padre. Se quedó un rato mirándola, acariciando sus contornos con la mirada, analizando cada facción. Sin duda alguna había sido hermosa. Se levantó con la foto entre las manos pensando que podía hacer con ella. Su intención era dejar todo lo relacionado con su familia atrás, así que depositó la foto encima de la cama y se dio la vuelta para, esta vez sí, coger la chaqueta y volver a salir corriendo del apartamento escaleras abajo. Pero antes de que alcanzara el segundo descansillo se paró en seco y volvió a subir, se sacó del bolsillo sus llaves junto con el llavero de un dado gigante y las lanzó al felpudo, no las quería más.
    Al dejar atrás el portal y salir a la calle el día le pareció más resplandeciente, menos tortuoso, y a cada paso que daba se daba cuenta de que le era más fácil respirar. Empezó a acelerar el paso poco a poco, y en un momento dado, no sabría decir cual, se encontró corriendo, disfrutando cada respiración, cada zancada y cada azote de viento contra su pelo. Cuando llegó a la estación su cuerpo estaba más que exhausto. Se adentró en la concurrida estación donde decenas de autobuses esperaban en fila el pistoletazo de salida. Se sentó en una pequeña banca a recuperar el aliento y observó el panorama. Se incrustó más profundamente la gorra en la cabeza y ocultó su rostro aún mas, observó sus playeros y cuando se cansó de aburrirse se levantó, y con la mochila al hombro subió al primer autobús que encontró. Ni si quiera miró el destino, eso era lo de menos.
    Desde allí arriba, a través de la ventanilla, el mundo se veía distinto, pero ya tendría tiempo de pensar en ello más tarde, después de todo, apostaba por que su viaje sería largo. Se incrustó los cascos en los oídos y encendió su antiguo walkman, los acordes empezaron a sonar casi al instante y una voz de mujer tras ellos. La primera canción que empezó a reproducirse era lastímera y le recordó cómo había sido su vida enlos últimos años.
    Rápidamente cambió de canción. Ya no más historias tristes, ya no más letras que la hicieran llorar. Puso tecno a todo el volumen que podían soportar sus pequeños oídos y cerró los ojos, y durante un momento, un solo lapso de tiempo, entre una exhalación y otra, casi imperceptiblemente, un amago de sonrisa apareció en sus labios.

  27. Cero dijo:

    Categoría: b) Alumnado de los cursos 4º de ESO, 1º y 2º de Bachillerato.
    Lema: Memento moris

    CER0

    La historia se repetía a diario. Se desperezaba y se lavaba la cara para disimular las horas de sueño que acumulaba durante toda la semana, tras esto, se arrastraba, con la mochila haciendo de contrapeso, hasta la marquesina del autobús. Una vez dentro de él, miraba el atestado interior, y pensaba, asombrada, cómo en algún momento ella podría haber sido así de niña, no se lo podía creer, solo 3 años atrás. En general, a esas horas el autobús estaba tranquilo debido al sueño presente en todos y a la expectativa de seis horas de reclusión involuntaria, eso sí, finalizado dicho tiempo y de nuevo en el autobús, la jarana que se montaba allí solo le dejaba a ella una solución: subir la música de su Walkman y cerrar fuerte los ojos.

    El aliciente de las clases se reducía para ella a deslices o incongruencias puntuales del enseñante, los cuales eran para ella como piezas del humor más fino y que le conseguían sacar una sonrisilla de cuatro segundos, tiempo tras el cual volvía a su habitual postura de somnolienta atención, que tanto apreciaba el profesor. Por su actitud pasiva y aletargada, se podría caer en el error y pensar que se trataba de una de esos adolescentes retraídos que esperan sentados en el patio sin hablar con nadie y esperando a que toque el timbre para no tener que pasar más tiempo pensando en lo terriblemente solos que están. Para nada. Ella contaba con algún que otro compañero afín, con el que compartía pupitre y dilatadas conversaciones de tres o cuatro personas en los recreos sobre los únicos temas en los que tenían algo en común: música y repudia por el resto de la juventud. En lo que concierne a los chicos, alguna relación ocasional había experimentado, pero sin llegara durar mucho, ya que con el paso de los días se le hacía difícil disimular que no los soportaba. No es que estuviera aburrida de la vida, estaba aburrida de lo que conocía de ella y no es que hiciese demasiado por cambiarlo, vivía en un estado de comodidad y conformismo en donde no ocurría nada lo suficientemente interesante como para seducirla y querer cambiar.

    Las tardes eran para ella ya un hábito, tras la comida en la que la incombustible madre trataba de comenzar conversación que ni ella ni si su padre deseaban seguir, se arrastraba hasta su habitación, ponía dos pesas al pie de la puerta a modo de tranca y en su cama pasa largo tiempo escuchando vinilos de segunda mano que había comprado más por intuición que por conocimiento, en su querido tocadiscos Dual. Había algunos elepés en los que no había acertado y tras la primera escucha los había desterrado a las profundidades de algún armario, pero cuando acertaba… Hasta ahora, grupos como Wishbone Ash, Canned Heat o Blind Faith copaban la mayoría de las tardes de su vida, pero fue en el momento en el que calló en sus manos el “The Piper at the Gates of Dawn” de Pink Floyd cuando de verdad empezó a escuchar la música. La voz de Syd Barrett cantaba y ella conseguía evadirse por momentos de toda la monotonía de su vida. Bien es verdad que lo hacía en inglés y ella solo había estudiado francés en sus catorce años de escuela, pero le fascinaba ese idioma y el no entender lo que de verdad decía.

    Otro de sus pasatiempos era el cine. Todos los sábados a las siete y media de la noche, proyectaban dos películas en un minúsculo teatro cercano al centro de la ciudad y allí se refugiaba ella todas las semanas, deseando no encontrarse a ningún conocido del instituto por el camino. Allí, en una tela blanca desplegada y no del todo limpia, ella había visto películas de los últimos treinta años, la mayoría en otros idiomas. Le encantaban sobre todo las inglesas de los años cincuenta del Free Cinema inglés, aunque en aquellas ocasiones comprendía lo que decían los personajes por los subtítulos, muchas veces los obviaba para centrarse en la imagen y el fluir de las conversaciones. Allí fue, tras el visionado de la primera película, esta vez una de Alain Resnais que no le había acabado de convencer, cuando reparó en algo extraño: había un chico de su edad en aquel teatro. Normalmente las personas más jóvenes de las que estaba rodeada en aquel lugar superaban ya la veintena, así que le parecía raro que hubiese advertido su presencia antes. Quizás era la primera vez que iba a ver esas películas, o puede que soliese ir a otra sesión, la de los domingos, a la que ella no podía asistir porque visitaba a sus abuelos (aunque sería extraño que la dejasen ir de todos modos, ya que la sesión era más tarde). Se pasó la siguiente película casi entera observando al muchacho, le fascinaba aquella forma de ladear la cabeza, de quedarse mirando la pantalla, como embobado, con unos ojos fijos en todo momento en la pantalla, solo un brusco parpadeo de vez en cuando le alteraba la expresión. Al final de la película y según se iba alejando la gente, se encaminó a hablarle, no sabía de qué, ya se le ocurriría algo. Se detuvo a unas tres butacas y pensó que mejor sería abordarle fuera del teatro, así que le dejó levantase con gran ceremoniosidad y saliese al exterior, para después ir ella detrás.

    Apoyado contra una pared y con las manos jugueteando con el resguardo de la entrada le encontró, muy cerca de la salida y se le quedó mirando hasta que él lo percibió y le sostuvo la mirada. En aquellos ojos comprendió que los había diferentes, sintió algo que pronto identificó como alivio y una especie de suspiro le revolvió las tripas. El cruce de miradas seguía intacto y el semblante serio del chico no parecía indicar que se fuese a romper aún. Ya empezaba a costarle respirar a ella y había empezado a temblarle la zona de debajo del ojo derecho, cuando se dio media vuelta y comenzó a alejarse en dirección contraria, a paso largo, hacia su casa. Ya estaba, no le importaba si no volvía a ver a aquel chico, seguramente a la mitad de la semana ya ni se acordaría de ella y si no habían coincidido antes sería difícil que se encontrasen de nuevo de forma casual. Pero no, no le importaba lo más mínimo, le sobraba con haberle visto. Comprendía que había mucho tiempo por delante, tiempo para encontrar pasiones que la animasen a seguir y con las cuales disfrutar, disfrutar también de la música, viajar, conocer, descubrir…Todavía era joven y había esperanzas.

  28. Evelyn Griffin dijo:

    Inspiración
    No viene,no llega,
    las cometas sueltas,
    los pájaros bailan en el aire,
    y las viejas hablan.
    No la siento,
    no me centro,
    no la huelo,
    no me interesa,
    no viene,no llega.
    Palabras,labios,sexo,
    amor,tristeza,
    sonrisas,milenios,
    locuras y besos.
    Drogas,lamentos,
    años,sabiduría,
    tantas cosas,
    que no podría,
    sino volverme loca,
    pasando los días,
    eligiendo una palabra
    que pase por mi mente,
    que camine,
    y espere ,
    para poder hablar de ella
    sintiéndola,
    queríendola,
    y desarrollándola.
    No viene no llega,
    esto no termina,
    sino que empieza
    con torpeza,
    desde los rincones de mi destreza,
    coleccionar palabras que tengan sentido,
    y se puedan,
    no leer,
    sino respirar ,llorar,odiar y amar

  29. Evelyn Griffin dijo:

    De vuelta a la realidad
    Fría como siempre,
    la corriente de agua
    ha frenado,
    y con ella el pez se ha ahogado.
    Fría como siempre,
    la lluvia me ha despertado,
    como un preso al verse encerrado.
    Fría como siempre,
    la sonrisa se ha cansado,
    como los ojos tristes,
    y los corazones lejanos.
    Fría como siempre,
    en el espejo,
    he hallado,
    a la mujer desnuda,sucia,
    que el mundo ha creado.
    Fría como siempre
    con el corazón atado,
    ha vuelto a caer,
    en un pozo sin fondo,
    sin una roca para sujetarse,
    con odio,
    en un mar desenfrenado.

  30. Cristina García González dijo:

    VUELTA AL ABISMO

    Vuelta al abismo,
    Con sus ojos verdes,
    Con su mirada perdida,
    Con sus labios tan rojos,
    Tan perfecta y tan rota,
    Tan altiva y tan poca cosa.

    Vuelve al abismo,
    Con sus manos al frente,
    Observándolas atentamente,
    Tan limpias y tan blancas,
    Como la nieve del bosque
    Se posa sobre las ondas
    Que provoca la piedra al caer al río.

    Se cae su cuerpo y se moja,
    Se hunde y desciende sin queja
    Y sin oposición al fondo de las aguas,
    Donde suavemente se posa.

  31. Cristina García González dijo:

    HIELA EL MAR

    Mira al mar, escucha el sonido de la noche,
    No hay a lo lejos luces, ni camino a seguir,
    Rompiendo las olas, desafiando a la tormenta
    La luna viaja contigo ¿O te persigue?
    Sus estrellas rompen tu silencio, que hiela el olvido
    Y la carne, que deshace las memorias,
    Y hace llagas en los labios, en el alma.

    Allá en alguna parte has dejado tu patria,
    Allá por el Este que ahora está perdido,
    Igual que el Norte, igual que tú y tus manos,
    Que ya no agarran el timón como capitán del navío,
    Y a la deriva van con el barco.

    Porque ya nada hay más seguro que el aire,
    El mismo que respiran tus hijos,
    El mismo que azota tu tierra,
    Y se lleva tus lágrimas de orgullo herido
    Y recuerdos partidos por haber arriado las velas,
    Que cortaron llantos y dejaron atrás las penas
    De un pueblo herido por tu viaje,
    Y una ley que te ha congelado las venas,
    Y desterrado tu sangre.

  32. Las dos cartas
    Introducción
    Hace unos meses, ayudé a limpiar una casa que compró un familia, la cual llevaba casi dos siglos sin ser habitada. Allí encontré dos cartas de despedida que me inspiraron para escribir esta historia.

    Las campanas de la iglesia tocaban a muerto. El difunto era un burgués que dejaría a su linda y juvenil esposa una fortuna notable. Todos se imaginaban que el matrimonio era por conveniencia y muchos conocidos y parientes solteros, cual aves rapaces, habían puesto su vista en la cándida paloma. Aquellos la veían como a una presa fácil por superar sólo por dos años la mayoría de edad, pues la consideraban una joven como cualquier otra, sin peculiaridad alguna, que, con la disculpa del consuelo, varios halagos y algún obsequio, en seguida estaría entre las garras del más hábil.
    A pesar de la falta de amor en el matrimonio, quizás por el buen trato del difunto, el funeral fue de belleza extraordinaria y era notoria la pronta preparación, lo cual fue posible gracias a que la enfermedad que consumió al burgués era letal y alarmó con tiempo de la cercanía de la muerte. La joven dama contrató el servicio de un grotesco artista, el sepulturero más célebre de la ciudad, el cual observaba la obra desde la entrada del templo, mientras esperaba, con una impropia sonrisa, a que la ceremonia llegase a su fin para acabar su trabajo con la ardua tarea del entierro. La viuda custodiaba el cuerpo, recitando una oración con dulce voz, la cual acabó regalándole una mirada oculta por un velo negro a aquel que había conseguido hacerle adorar los versos de su recital, dándoles el sentido que sólo podía otorgarles aquel que se encontraba en la barrera entre la vida y la muerte gracias a su trabajo.
    Toda ceremonia había acabado ya, el sepulturero depositó con la pala el último montón de tierra, la viuda colocó un ramo de flores frente a la lápida que, junto con el pañuelo que tendió al artista para limpiarse el sudor, se tiñeron con los tonos naranjas del atardecer. Los dos, solos, se quedaron mirando a la tumba para luego dirigir los ojos el uno al otro, tras dejar que el silencio del descanso eterno les acariciase como si fuera su amante, ella se le acercó y se agarró de su brazo, siendo luego abrazada por él.
    —Hizo mucho por mí. —decía refiriéndose al que estaba varios metros por debajo— Incluso fue el que me llevó a conocerte.

    Una mujer en la flor de la vida ocultaba su deseable cuerpo bajo el millar de telas de un vestido antiguo de sirvienta. Llevaba en un cesto un montón de prendas blancas y negras de hombre, y en la cara unas pinceladas de asco sobre un fondo de mal humor. Al llegar al aposento de su señora, con voz de ultimatum que con otra ama llevaría al despido, se quejó de que ni con los más caros perfumes podría quitar el hedor a muerto a esas prendas, que por mucho que la ayudase él a sobrellevar la agonía y muerte de su marido, sólo a un prometido se le cuidaba tanto la ropa y, si se enterase, su pretendiente enfurecería de celos. La dama respondió fulminándola con la mirada de una forma tan intensa que se le cayó el cesto. Apartó sus ojos de ella, pero no el malestar de un enfado en estado fetal.
    —Mi único pretendiente y amado es aquel de cuyo olor te quejas…—dio la última puntada a un sencillo pero bello vestido de color blanco roto— Y no ese con el que intentas enfriar tus calenturientas entrañas a cambio de darme una conversación agradable.
    Quedó sin habla la reprendida mientras su ama guardaba ropa en una maleta, escribía una carta y garabateaba en un cheque. Dejando el escrito sobre la cama, se fue de la habitación. La sirvienta la oía irse y, cuando se percató de que salía de la casa, tomó el papel y devoró su contenido: se iba de casa, para siempre, dando gran parte de su herencia a un orfanato y la casa a su servicio. La que leía sabía también que se iría a vivir con el sepulturero y vio que aquel año que sufrió viendo a su amado luchando por conquistar a la excéntrica dama, que todos esos esfuerzos no habían tenido utilidad alguna.
    Rompió a llorar, pero no se quedó quieta, cuando bajaba las escaleras pudo oír el relinchar de un caballo y el sonido del carro del que tiraba. Adquirió también una montura y la obligó a llegar veloz a casa de su amante para informarle de todo.

    La mano ya reposaba sobre la empuñadura, el enfado se traducía en mil surcos recorriendo su cara. Dio una patada a la puerta con tanta rabia que la tumbó, tomando por sorpresa a su enemigo, el enterrador. Le acusaba de un crimen que no lo era, como si hubiera cometido un centenar de atrocidades. El sepulturero tuvo que tomar su pala para protegerse del filo de la espada del que creía pretender a la dama. Ignorando un relincho, riendo, el ambicioso soltero se aprovechó de la lenta defensa de su rival y hundió el arma en su vientre.
    El herido hizo un gesto extraño, miró hacia la puerta, sonriendo con una dulzura impropia en apariencia, soltó su defensa. No le dio apenas tiempo al agresor a mirar a la puerta, pues la dama descargó sobre su cabeza la pala, soltándola después, cayendo a la vez todos al suelo. La joven palpó la herida de su amado hasta que este la llamó a su lado, diciéndole que era mortal. Los amantes hablaron por última vez de la vida y la muerte, contando ella lo que tenía planeado, secando la lágrima que causó a su amado, asegurándole de que era su deseo. Él cerró sus ojos, como si durmiera, y ella comenzó a ir de un lado a otro para preparar el funeral, sin olvidar dejar una nota explicando lo ocurrido.

    Mientras animaba al caballo a darse prisa, la dama recordaba el mecanismo que ayudaba al difunto a convertir la tierra en el lecho de sus clientes, aplicando una fuerza hacia abajo al ataúd, este bajaba mientras la tierra iba cayendo encima, luego él embellecía el terreno con la pala. La joven llevaba el vestido blanco roto que ella misma había hecho.

    Las palas removían la tierra, varios policías comentaban el caso, leyendo y releyendo las cartas, y repitiendo que, si no se daban prisa, la tragedia sería inmensa. Ya lloraba una mujer que un hombre fuese a quedar inútil por un traumatismo en la cabeza, no necesitaban más pérdidas. Sin duda, era una locura propia de un relato gótico, un caso quijotesco de una mujer que debía leer demasiada novela romántica. Uno de los cavadores llamó, ya notaba la madera del ataúd. Pronto habían dejado libre de tierra la tapa y la abrieron.
    La dama estaba abrazada al sepulturero, su vestido estaba manchado de la sangre de la herida del asesinado, haciéndolo parecer una rosa híbrida, y en su cara se dibujaba una sonrisa plácida, como la de quien tiene un sueño dulce. Uno de los policías la tocó para despertarla. Demasiado tarde, ya había muerto.

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